Cuando se acerca la fecha del informe de gobierno presidencial, editorialistas, analistas, reporteros e interesados de la fuente sacan del cajón la nostalgia por aquellas “glorias” en el “Día del presidente”, aquel ritual donde toda la maquinaria se detenía, rendía pleitesía y el mandatario federal monopolizaba el micrófono por un par de horas.
Como dijeran por ahí: “Ese era otro México”
Buena parte de la bilis derramada tras el Segundo Informe de Claudia Sheinbaum nace de ahí, de medir el presente con métricas del siglo pasado. Además hubo quienes buscaron con lupa una coma que declarara la ruptura con López Obrador, y quienes tacharon el ejercicio de vil propaganda. Hoy todo se polariza, todo exige una postura radical para generar engagement.
Sin embargo, el ejercicio de un informe de gobierno nunca ha sido un referéndum de popularidad ni una varita mágica para resolver el país en un par de horas. Es, en su base más técnica, un corte de caja.
Sheinbaum llegó a Palacio Nacional y soltó sus números, entre ellos, destacó la caída del 54% en delitos de alto impacto respecto a 2018 y las detenciones estratégicas, sin embargo, a pesar de los datos fríos el ruido de redes continúa ya que llevamos meses atrapados en el mismo loop argumentativo: ¿quién gobierna realmente?
La dinámica es predecible, si Sheinbaum mantiene un programa, es porque AMLO sigue mandando; si lo cambia, es para marcar distancia; si lo defiende, es subordinación. Es una trampa retórica diseñada para que cualquier acción confirme el sesgo.
Lo que este reduccionismo deja fuera es el tiempo efectivo de operación: la presidenta lleva casi dos años gobernando. Ya designó gabinete, ya operó crisis, ya impulsó reformas, construyó su propia territorialidad; el informe revela esto a la perfección. No necesita el parricidio político para legitimar su administración, más bien reivindica la continuidad de la 4T, sí, pero lo hace con la batuta en la mano. Continuidad de un proyecto no es sinónimo de subordinación operativa.
El poder presidencial no se evaporó; su distribución comunicacional simplemente mutó. Por eso, exigirle a este acto espectacularidades desproporcionado. El gobierno avanza bajo sus propias narrativas: "prosperidad compartida", atención a las causas, enfoque en seguridad, y una agenda con mayor visibilidad operativa de las mujeres.
Esto no borra la complejidad de México, pero la seguridad sigue siendo la herida abierta, la economía exige ajustes finos y la infraestructura tiene zonas críticas. Los pendientes son enormes, pero salir de la dinámica de los extremos nos permite ver la gestión pública como lo que es: un proceso con aciertos cuantificables, contradicciones sistémicas y deudas históricas.
El "Día del Presidente" caducó porque la conversación pública ya no nos espera; ocurre antes, durante y después en cada plataforma digital.
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