Hay noches en Cuautinchán en las que el frío no es solo temperatura, es una presencia; hay que abrigarse con dos, tres prendas y el sarape encima, porque el aire baja como si trajera algo más que humedad; el paisaje se vuelve espeso, casi sólido de oscuridad, y entonces, sobre esa negrura, aparecen ellas.
No son faroles ni fogatas lejanas. Se mueven, se pasean, a veces parecen danzar, como si llevaran el ritmo de una música que solo ellas oyen; mientras tanto, los perros no cesan, ladran sin pausa, con esa urgencia que los animales reservan para lo que no entienden y sin embargo reconocen; la gente del pueblo ya no se sorprende del todo, "son las brujas”, dicen, con esa mezcla de resignación y respeto que se hereda más que se explica.
Esta no es una historia sacada de un libro de terror ni de un video viral, es lo que se cuenta en voz baja en Cuautinchán y en tantos otros rincones de Puebla y Tlaxcala: la historia de las mujeres que se quitan las piernas, se ponen patas de guajolote y salen volando convertidas en fuego.
La transformación, según la tradición oral que aún circula, ocurre cerca del fogón; la mujer, se desprende de sus piernas humanas, las deja cruzadas junto al fuego o las esconde, y en su lugar coloca patas de pavo, a veces se untan tizne, dan brincos, y entonces el cuerpo se envuelve en un resplandor. Lo que sale de la casa ya no es humana, es una bola de lumbre que avanza por el cielo, salta de cerro en cerro, se detiene sobre los techos.
Algunas versiones dicen que buscan la sangre de los recién nacidos; otras, que merodean a los hombres solos o a los borrachos que caminan de madrugada, hay quien afirma que dejan un olor a sangre o a algo quemado que no es leña.
En Cuautinchán el fenómeno no es anecdótico. Quien tenga la sangre fría, el cuerpo bien abrigado contra el frío que penetra hasta los huesos y el aguante necesario para permanecer despierto en una noche pesada, densa, casi sofocante de oscuridad, puede observarlo.
Las bolas de fuego aparecen sobre el horizonte, se desplazan con una lentitud inquietante, a veces parecen detenerse y luego reanudan su danza silenciosa mientras los perros no cesan de ladrar; no hace falta imaginación: basta con resistir el frío, mantener la mirada fija y esperar, la noche se encarga del resto.
No van en línea recta, parecen jugar, girar, detenerse y volver a avanzar, como si estuvieran en una danza privada, y los perros, siempre los perros, no dejan de avisar, hay noches en que el ladrido se vuelve coral, interrumpido solo por el silencio más denso que sigue cuando las luces se alejan o se apagan de golpe.
Quien las ha observado de cerca cuenta que no iluminan como debería hacerlo una llama normal; hay algo irregular en su movimiento, una inteligencia casi insolente, bailan; y mientras lo hacen, el pueblo se queda quieto, las puertas se cierran un poco más, las madres revisan a los niños, nadie sale a “ver de cerca”, la familiaridad no elimina el miedo; solo lo vuelve cotidiano.
Esta creencia no nació ayer, tiene raíces profundas en el pensamiento nahua del centro de México; antes de que se les llamara simplemente “brujas”, existían figuras como la "mometzcopinqui", la que se quita las piernas; o el "tlahuipuchtli", seres capaces de convertirse en fuego o en animales y de moverse entre los cerros.
Con el tiempo se mezclaron con las ideas europeas de brujería y vampirismo, y el resultado fue este personaje que todavía se nombra en las noches frías de municipios como este: la tlahuelpuchi, la mujer-bola de fuego, la que vuela con patas de guajolote.
En Cuautinchán la conversación no es de incredulidad, es de conocimiento compartido. “Ya salieron”, se dice cuando alguien llega a la tienda o se asoma a la puerta y ve las luces, no hace falta explicar mucho más. El paisaje, el frío que obliga a abrigarse de más, la oscuridad espesa y el ladrido insistente de los perros bastan para completar el relato; hay quienes juran haberlas visto tan cerca que el resplandor iluminó momentáneamente los árboles o las casas, hay quienes prefieren no mirar.
Lo inquietante no es solo que se vean, es que el pueblo ha aprendido a convivir con ellas, no se organizan cacerías ni se publican denuncias; se cierran las ventanas, se enciende una veladora, se pone una cruz de tijeras o se viste al bebé al revés, por si acaso, y se sigue adelante.
Porque el frío vuelve todas las noches, y con él, a veces, las luces que danzan sobre el horizonte como si celebraran algo que los humanos no deben entender del todo.
Así es la leyenda en este rincón de Puebla; no necesita grandes efectos ni finales espectaculares, solo una noche fría, un horizonte oscuro y esas bolas de fuego que se pasean como si el cielo les perteneciera. Y los perros, que no dejan de avisar, aunque nadie se atreva a salir a comprobar qué es exactamente lo que los pone tan nerviosos.