¿Qué hay con la Nueva Era?

¿Qué hay con la Nueva Era?

Hoy en día se ha incrementado de manera importante el ejercicio de diversas prácticas que, de manera general, pero engañosa, buscan llevar a la gente que las sigue, a un mejor estado físico, pero sobre todo psíquico, mental, emocional y espiritual. 

 

La armonización del ser humano con el universo, con la naturaleza y con todo lo que nos rodea, pero con una visión individualista, pretende ser la panacea para encontrar una alternativa a los vacíos existenciales que vivimos hoy en día, derivado de la forma de vida donde el consumismo, el hedonismo y el beneficio personal, nos ha llevado al extremo y la paradoja del “sin sentido”. Hoy volveré a hacer alusión a una plática que hace un par de días ofreció en la Universidad Anáhuac el sacerdote y médico Pedro Sánchez Priego, párroco de Nuestra Señora de la Paz.  

 

En su plática “La Nueva Era, Espiritualidad Anticristiana en la Postmodernidad”, el Padre Pedro describió cada una de las prácticas que se han vuelto tan comunes hoy en día y que ofrecen soluciones “mágicas” a los problemas provocados por la ausencia de valores como la verdad, la bondad, La espiritualidad es pues, la búsqueda de sentido, propósito y trascendencia que nos lleva a una conexión profunda con una realidad superior como verdad absoluta con los demás y con uno mismo. Es el conocimiento, la aceptación y el cultivo de la dimensión inmaterial del ser humano.  

 

La llamada corriente de la New Age o Nueva Era se presenta en la sociedad contemporánea como un supermercado espiritual que promete paz, sanación y autorrealización personal. Sin embargo, detrás de su atractiva fachada de bienestar, meditación y cristales, se esconde un entramado ideológico cuyas raíces se hunden profundamente en corrientes del pasado como el espiritismo, el ocultismo y el esoterismo. Lo que muchos usuarios consumen hoy como técnicas modernas de autoayuda es, en realidad, una versión reciclada de antiguas prácticas de adivinación, canalización de entidades y manipulación de supuestas energías cósmicas. 

 

Esta conexión no es una mera coincidencia histórica, sino una continuidad estructural ampliamente documentada por el magisterio de la Iglesia Católica. En el documento vaticano “Jesucristo, portador del agua de la vida” (2003), la Iglesia analiza a fondo este fenómeno y advierte que la Nueva Era diluye la frontera entre el Creador y lo creado, promoviendo un panteísmo donde el ser humano busca convertirse en su propio dios. Al recurrir a la canalización de espíritus (espiritismo) o al uso de rituales para controlar el destino (ocultismo), los seguidores de este movimiento abandonan la fe en un Dios personal para someterse a fuerzas impersonales y doctrinas esotéricas secretas que la doctrina cristiana siempre ha señalado como incompatibles con el Evangelio. 

 

En México tenemos ya historias sobre la existencia de “chamanes” famosos, como la célebre Pachita, la “cirujana psíquica” que aceptaba ser poseída por un ente al que llamada el hermano Tlatoani Cuauhtémoc, el último emperador azteca, y que a través de él realizaba estos procedimientos que, a una persona seria, un médico, un cirujano, les lleva más de 10 años de preparación. 

 

Justo ella misma lo acepta: un ente preternatural actuaba a través de ella con trasplantes de órganos con un cuchillo oxidado “del hermano”, curación de enfermedades terminales, incluso viajar al pasado o al futuro para hablar de hechos que ya habían ocurrido o que se concretarían en el corto tiempo.  

 

Y en Puebla también tuvimos a “nuestro sanador”, quita dolores rumano que causó furor por varias semanas haciendo creer a la gente que las sanaba con la imposición de manos. Yo lo ví cuando se encontraba solo, afuera del Templo de la Compañía con una cartulina que decía: “quito dolores”, al principio todos lo veíamos con incredulidad y poco después, las autoridades tuvieron que trasladarlo al Paseo Bravo debido a las interminables filas que terminaron cuando lo descubrieron acudiendo a una cita médica. Un charlatán más que se aprovechaba de la necesidad y la desesperación de las personas ante una enfermedad.  

 

A pesar de la promesa de llenar los profundos vacíos existenciales y el aislamiento de las personas en el siglo XXI, las prácticas de la Nueva Era suelen provocar el efecto contrario. Al carecer de un anclaje en la verdad objetiva y en la comunidad real, las personas quedan atrapadas en un individualismo radical donde el "yo" es el centro del universo. Cuando las promesas de prosperidad y salud perfecta fallan, la persona experimenta una frustración profunda. Este aislamiento espiritual y psicológico, lejos de sanar las heridas del alma, agudiza la crisis interna, sumiendo a los practicantes en cuadros severos de ansiedad, confusión identitaria y desesperación existencial. 

 

El peligro de esta corriente no se limita al plano abstracto o teológico; tiene repercusiones alarmantes en la salud física y mental de sus seguidores, derivando con frecuencia en conductas de autolesión y autodestrucción. Al rechazar la ciencia médica convencional en favor de terapias energéticas sin base científica, muchos pacientes con enfermedades graves abandonan tratamientos vitales, lo que equivale a un lento suicidio médico. Asimismo, la obsesión por alcanzar estados alterados de conciencia lleva a la despersonalización, donde el individuo pierde el contacto con la realidad, dañando su psiquismo y fracturando de forma irreversible sus relaciones familiares y sociales. 

 

Este camino de evasión de la realidad encuentra un aliado natural en el consumo de sustancias nocivas para la salud. Bajo el pretexto de la "expansión de la conciencia" o la búsqueda de "viajes espirituales", la New Age ha normalizado y sacralizado el uso de drogas alucinógenas y psicotrópicas, como la ayahuasca, el peyote o los hongos medicinales. Lo que se promociona en retiros espirituales como una medicina ancestral para el alma es, desde el punto de vista clínico y de salud pública, el detonante de adicciones severas, brotes psicóticos y daños neurológicos irreparables. 

 

En conclusión, la Nueva Era se revela como un espejismo peligroso que, bajo la promesa de una iluminación rápida, despoja al ser humano de su dignidad y su salud. El periodismo de investigación y los documentos de la Iglesia coinciden en un diagnóstico claro: la búsqueda de respuestas espirituales al margen de la verdad y la razón científica no conduce a la liberación. Por el contrario, la dependencia de rituales ocultistas y sustancias evasivas encadena a la persona a un ciclo de autodestrucción que disuelve su mente, destruye su cuerpo y deja el vacío existencial original más profundo y doloroso que antes. 

 

¡Vamos a hacerlo diferente!